jueves, 25 de abril de 2024
El desprecio al placer
Solo puede explicarse el desprecio que ha tenido, hasta no hace mucho, la homosexualidad, tanto masculina como femenina, por el desprecio al placer que han tenido factores de poder como las Iglesias de todo tipo y los formadores morales de diferentes idiosincrasias. Sabido es que de un acto sexual entre seres del mismo género solo puede esperarse una cosa: placer por el placer mismo; entonces se estaría utilizando el “pecado original” solo para fines recreativos y no para el fin máximo, casi único, que aquellos seres odiosos le endilgan al acto sexual: la reproducción, la perpetuación de la especie. Entonces: el gran despreciado es el placer, no la supuesta desviación sexual. Así como le hicieron una guerra, absurda, a los métodos anti conceptivos, los guardianes de la pseudo moral, combatieron durante siglos a la homosexualidad, aun cuando, en realidad, muchos de sus miembros eran de estas preferencias sexuales. Es que los moralistas suelen ser casi siempre notables hipócritas.
Derecha revolucionaria.
Esta camada de nuevos liberales, ha creado un concepto que es casi un oxímoron: derecha revolucionaria. Dicen ser los nuevos representantes de la rebeldía: según ellos hoy el statu quo es de izquierda, por lo tanto la rebelión viene del otro lado. Es discutible, como lo es todo concepto. Pero estos representantes de la libertad del mercado no aceptan al otro: descalifican a los que creen en otras ideas, los desprecian. Dicen ser anarquistas, anarco capitalistas, pero el anarquismo fue creado contra los conceptos dios y patria; en cambio estos nuevos anarquistas creen fervientemente en el dios dinero por sobre todas las cosas, muy poco veo de anarquismo en esta sumisión total al dios más poderoso de la historia de la humanidad.
Demonización
Sería absurdo decir: prohibamos las armas de fuego pues el otro día un vecino se suicidó con una. O prohibamos los automóviles porque hay mucha gente que choca con ellos y se muere o lastima a terceros. Prohibamos los cuchillos o las sogas, prohibamos el agua porque hay gente que se ahoga. Prohibamos los balcones porque hay gente que se arroja de ellos. Prohibamos los trenes porque hay gente que se arroja debajo de ellos. Prohibamos el consumo de pollo porque conozco un tío que murió atragantado por un hueso de pollo. Prohibamos todas las religiones porque hay gente que mata a causa de ellas. Prohibamos los doctores porque hay algunos que por mala praxis le producen la muerte a personas inocentes. Sin embargo no parece absurdo decir: prohibamos tal droga, porque hace mal y hay gente que muere por eso.
Se demoniza a las drogas: la droga es mala, se dice. Lema absurdo y estúpido, pero no por eso menos común. No decimos las armas de fuego son malas, los doctores son malos, el pollo es malo, los cuchillos son malos, las sogas son malas, los balcones, autos y trenes son malos. Sin embargo decimos las drogas son malas. Es algo casi infantil, sin intención de ofender a los infantes, pero es sabida la propensión a creer todo tipo de cuentos que tiene este grupo etario al que todos pertenecimos alguna vez. Es absurdo tildar a algo de malo por el mal uso que alguien le haya dado a dicha cosa.
Cuerpo versus alma.
Los intelectuales, en general, suelen despreciar al cuerpo por sobre el alma (esa gran fabula). Por eso mismo desprecian todo deporte, seguramente bien fundamentados en los usos demagógicos que le suelen dar, desde tiranos, hasta grandes demócratas (recuerden a la selección del 86 en el balcón con Alfonsín). Pero en realidad lo que odian es al cuerpo, a las sensaciones, aun cuando ellos se rinden ante las sensaciones: ya que el odio es algo que se siente en el cuerpo profundamente. Como le hacen un culto ciego a la razón (que no es más que un instrumento), tienen que despreciar todo lo que sea impulso, deseo. Son, en última instancia, grandes “castratis”, deshumanizadores, que quieren que el resto de las personas caigan en el influjo de sus ideas. Es decir: no son más que unos aprendices tiranos.
Cambios
Los cambios en las sociedades suceden cuando suceden, pueden forzarse a través de revoluciones, asesinatos masivos y guerras civiles, pero se establecen cuando la sociedad está madura para ese cambio. El ejemplo más claro es el de la revolución francesa: la convulsión social solo produjo una igualdad: la igualdad ante la guillotina. Fueron descabezados reyes, abogados, aristócratas, y todo tipo de personas, pero luego de toda esa convulsión volvió a gobernar un hombre fuerte, un emperador. Si se analiza fríamente es muy evidente que los cambios sociales que embanderaban los revolucionarios ocurrieron muchísimo tiempo después, cuando la sociedad estuvo lista para el cambio.
Charlatanes
Es increíble que nuestra civilización todavía siga teniendo como referente conceptos tan dicotómicos y antagónicos como: bien y mal, sensible y no sensible, real y aparente. Pareciera que los sujetos de estudio solo pueden ser o blanco o negro, anulándose de ese modo las escalas de grises. No se eliminan todos los matices para una mejor comprensión, sino para un más rápido intento de entender tal suceso o de comprender el accionar de tal persona. No podemos escapar de aquello con lo que nos educaron de niños: eso es malo, eso es peligroso, eso es caca; por el contrario: mama y papa son buenos (por lo menos mientras no se separen, por supuesto). Este modo binario de ver las cosas esta tan difundido que afecta a casi todas las ciencias, sobre todo a la menos ciencia de todas: a la filosofía.
En la filosofía se dice que algo es o no es, no puede ser que se esté formando o que este en proceso de desintegración o de muerte, o que este evolucionando. No: es o no es. Se considera una disciplina muy sofisticada, pero no es más que un saber muy rudimentario; aunque haya que estudiar tanto para obtener una maestría, licenciatura o doctorado: se obtiene muy poco a cambio. Un filósofo puede estar horas y horas hablando sin decir nada concreto, sin dilucidar una simple cuestión. Pero todo el mundo se quedara boquiabierto pensando: “no entendí un carajo, pero que bien que habla este tipo, ¡Cuánto sabe, por dios!”. Pero, analizando fríamente, no son más que charlatanes.
Civilización y barbarie.
Según Sarmiento: sus ideas representaban el progreso, la civilización. Por otro lado, las ideas que aborrecía eran el retraso, la barbarie. Yo pienso de otra forma: la civilización y la barbarie van de la mano: cada guerra, cada revolución frustrada, cada lucha social, cada idea de progreso sobre la sangre de otros, marca que una necesita de la otra. Sin la muerte de miles de esclavos no se hubieran levantado las pirámides de Egipto, ni ningún otro monumento del pasado, del presente y del futuro.
Uno de los hitos en la historia lo representa las bombas de Hiroshima y Nagasaki: sin duda estábamos ante uno de los avances tecnológicos más importantes y destructivos de la historia. El proyecto llevo varios años en concretarse, y la decisión final la tuvo que tomar un presidente que no había sido el que le había dado impulso originalmente: sin embargo, no dudo en arrojar ese avance tecnológico sobre dos ciudades en las que no había más que civiles. El objetivo era el de la rendición incondicional de Japón. El objetivo se cumplió, y de esa manera se puso fin a la segunda guerra mundial, es decir de manera bárbara se terminó con la máxima demostración de barbarie de toda la historia mundial. Así, la civilización humana pudo continuar con su desarrollo.
Etimológicamente la palabra barbarie viene del latín “barbarus” que significa extranjero, es decir que cuando decimos bárbaro a alguien queremos decir que es algo que nos es ajeno, es decir señalamos las cualidades que nos resultan aberrantes ver en otros y que negamos poseer. Pero lo cierto es que uno siempre ve los errores o las faltas en los demás, y casi nunca en uno mismo. Por eso mismo la prensa occidental condenó los actos de la Alemania nazi y nunca se emitió en contra de las bombas atómicas arrojadas por EEUU.
La historia universal nos muestra que todos los imperios han recurridos a metodologías que se podrían llamar barbáricas. Es decir la civilización y la barbarie van de la mano, como un niño con su madre: son íntimos, son casi lo mismo.
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